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¿Vale la pena pelearse por esta gente?

Por Carlos Paladino

Vivimos en una Argentina increíble. No estalla en pedazos porque sus habitantes, que son inexplicables, soportan estoicamente, el absurdo gubernativo, la injusticia social, la inflación desquiciada, los motochorros, etc. Los dueños del caudillaje hacen con el pueblo cuanto quieren y en el momento menos pensado.  Llueva o no llueva.

Ni la ancianidad, ni los enfermos, ni los librados a su suerte tienen espacio para salvarse de las extravagancias cotidianas. Ahora bien; no profesemos que esto ocurre en tiempos homéricos, infrecuentes; en condiciones extraordinarias en las que el gobierno siente que así debe actuar obligado por las circunstancias; si en realidad necesita salir de la inmovilización que le impide cuidar  a su gente. En ocasiones, también, el jefe de una república se ve forzado a recurrir a medidas que lo alejan de ese lugar.

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En el caso que nos ocupa, los trastornos que recibe la población obedecen a los humores del mandatario del partido gobernante. Pero, a no confundirse, esa cortina que vale como un capricho del gobierno, no es otra cosa que la única escapatoria posible para zafar de una corrupción institucionalizada; de una deshonestidad generalizada; de un despilfarro usado por la familia política como elemento de poder. Sirve, fundamentalmente, para la compra de conciencias forasteras (vulgarmente el pueblo las llama traiciones y la iglesia apostasías) a un precio razonable y conveniente. La ciudadanía mira, obedece y espera el milagro salvador. ¿Pasará el país el proceso de beatificación?

Como nos da vergüenza aceptar la realidad y reconocer nuestra culpa por los notables que elegimos, preferimos putear, escuchar a periodistas que desacreditan a funcionarios que hasta ayer apoyaban y nos desahogamos con mensajes en los celulares. Asimismo, vivimos cada vez peor endeudándonos hasta el cogote.  Después los de espalda anchas, aguantarán más que los demás. 

Hasta ese punto máximo llega la osadía de mostrar nuestra disconformidad.                      

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En varias ocasiones, en este espacio escribimos sobre las sinrazones habidas en el pacto; contrato; convenio o el nombre que quiera dársele, a ese retorcido acuerdo concebido entre inequívocos personajes funestos de la política. La señora Cristina de Kirchner (presidenta) y el señor Alberto Fernández (secretario); entrañables amigos y conductores del destino exitoso de la nación. Ambos herederos de Néstor Kirchner, que se disputaban cuál de los dos había interpretado mejor las enseñanzas del magnífico ex presidente.

Pacto de desvergüenza y, a la vez caballeroso; de contenido desconocido. Aunque, suponemos, no confiado al valor de la palabra, empeñada sino, muy bien asesorado y documentado. Bajo que signatura la señora Cristina perdonó las atrocidades (¿sólo intemperancias?) de las que fuera objeto de boca de su amigo Alberto Fernández, ofreciéndole – por si fuera poco – en bandeja de plata la postulación a presidente de la Nación Argentina. Por fin ganadas las elecciones; inmediatamente se pusieron de manifiesto las humillaciones y el descrédito que le fijaba la Vicepresidenta, al peso y al honor que significa la investidura presidencial. Quedó claro, ella mandaría en las sombras y Alberto obedecería a la luz del día. De esta manera se fueron sumando a la falta de sostén político, La Cámpora, el kirchnerismo en todas sus expresiones y hasta algunos conversos.

De tal suerte fueron las cosas que el presidente, hoy, no sabe para qué permanece en el sitio que ganó. Le dijeron el lugar donde tenía que sentarse, sin que ese gesto signifique tomarse demasiadas atribuciones.  ¿O, él en algún momento creyó que echaría mano a las riendas del carro peronista? Escucharlo hablar nos deja la sensación de que deambula en un desconcierto total. Lo cierto es que desprestigio tras deshonra, en la actualidad, a nuestro presidente no lo respeta ni le obedece nadie. De algún modo se lo buscó él solito.


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Por caso expondremos, que después de los episodios protagonizados por los lentos para legislar, pero, ligerísimos para irse de vacaciones, Alberto Fernández dio la directiva de vacacionar dentro del país. Inclusive, por una cuestión de falta de dólares. Una inobediencia y escándalo lo hicieron la señora Luana Volnovich y Martín Rodríguez, pillados en el Caribe. Dichos funcionarios son el “uno y dos” del PAMI. Pertenecen al grupo La Cámpora, ¿qué les puede importar sugerencias o directivas del presidente? El ministro Jorge Ferraressi, también por esos lares, trabajaba junto a los anteriores por medio de redes, como si estuvieran en sus respectivos despachos.

Otro ilustre y rutinario del Estado, don Felipe Solá, ex canciller argentino, contribuiría al sainete de las vacaciones. Si los otros que tienen menos prosapia en el partido ignoran a Alberto; entonces, a la mierda con los consejos presidenciales; se rajó para Costa Rica; con el agravante que fue reconocido, tratado de ladrón y se entreveró en una serie de puteadas con su inoportuno interlocutor.

Cada uno desacredita al presidente y, por ende, a su país, como mejor le apetece.  

“Mediocre y sabiendo arrastrarse, uno llega a todas partes” (Pierre-Agustín de Beaumercheis), es una frase que bien se ajusta a la naturaleza del señor Fernández, si atendemos al acuerdo conformado con la señora Cristina Kirchner; – moleste a quien moleste- conductora indiscutible del peronismo. Esta semana, invadidos los medios recordando un nuevo aniversario de la muerte del fiscal Nisman, dio ocasión para traer a la memoria, agresiones olvidadas de Alberto, embistiendo contra la integridad moral de la ex presidenta, señora Cristina de Kirchner.


El día 16 de febrero de 2015, el despechado Alberto Fernández, (Jefe de Gabinete 2003-2008) escribió en La Nación, una nota que titulaba “Hasta qué el silencio aturda a la Presidenta” Dice cosas graves que involucren a Cristina en la muerte de Nisman. Citaremos algunos párrafos: “Aquí un enorme estrépito acaba de aturdirnos. Un fiscal que denunció penalmente a la Presidenta muerto días después de formular su demanda y sólo un día antes de fundar su imputación en el Congreso Nacional…hablaron de suicidio y de asesinato” Incluso, que su muerte había sido el resultado de la intriga despertada entre los servicios de inteligencia. Continua: “Todo lo dicho sería poco importante de no ser que ha salido de la boca de la Presidenta imputada por el fiscal muerto…se indultó a si misma…” Sigue: “Cristina sabe que ha mentido y que el memorando firmado con Irán sólo buscó encubrir a los acusados. Nada hay que probar” Más adelante acota: “Cristina se siente ajena a la disputa. Está segura que la ley penal no caerá sobre ella porque perversamente hizo avalar su nefasta decisión con una ley nacional. Irónicamente, senadores y diputados legitimaron con sus votos el encubrimiento de los presuntos asesinos. No es la primera vez que se actúa de ese modo…Sólo un necio diría que el encubrimiento presidencial a los iraníes no está probado. Estas son las cosas que todos debemos saber cuándo en silencio marchemos” Habla, además, del silencio ante la injusticia por las 85 muertes en el atentado a la AMIA. Finaliza pronunciando que estas tragedias podrán ser negadas por Cristina “hasta que el silencio la aturda” (https://www.lanacion.com


El pacto entre Cristina y Alberto fue posterior a esta acusación. Alberto, por lo visto, acepto ser candidato al más alto rango político de un país, digitado por una Cristina que reunía tamaño historial. Conclusión; tenemos un gobierno fundado sobre los códigos de la traición y avalado por una casta política deplorable.  Entonces, analizando brevemente este documento se disipan las dudas acerca del porqué de un acuerdo de fraudulenta gobernabilidad.

Ambos tienen severas irresponsabilidades como para echarse las culpas, los dos esconden cosas feas, se necesitan para tapar las porquerías que los asocia.

No obstante, en la compulsa, el presidente perdió el dominio del poder y la poca vergüenza que le quedaba. Pero, lo importante, es que, por encima de estas polémicas, se alza una clase de dirigentes políticos que no vale un pito y por la que los argentinos nos peleamos.