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El golpe de estado en Burkina Faso y la indiferencia de la comunidad internacional

Por Francisco Tomás González Cabañas

Posiblemente el no poder aceptar lo evidente, lo obvio, lo inobjetable, nos hubo de facultar al pensamiento abstracto, a la psicosis existencial que todos padecemos de querer reescribir con  nuestros significantes, el campo extenso de la naturaleza, que como tabula rasa, termina, develándonos, descubriéndonos, como seres forcluidos.

Ni a los propios jugadores del torneo de la copa Africana de Naciones de fútbol, les importó que minutos antes murieran personas en una avalancha producida en el mismo estadio, dado que siguieron con el show o con el partido, como en Heysel (Bélgica) en la final de la copa de campeones entre Liverpool y Juventus en 1985. 

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En tal ambivalencia geopolítica, donde en verdad nunca dejó de disponerse la centralidad europea, por sobre la amenaza norteamericana, la actual China y la Rusa, que vuelve en la actualidad como fantasma (en términos psicoanalíticos) a irrumpir bajo desafío a la insurrección de Ucrania, lo cierto es que en África, la política sigue administrándose bajo los parámetros que subyacen a toda la comedia democrática y de representación en la que estamos sumidos desde hace décadas.

Los muertos y pobres, de ese «síntome» para hacer más soportable aquella realidad que no podemos aceptar, no se evidencian en un conflicto real, que ofrezca y determine la disputa a muerte por algo, que es en definitiva la razón de ser del poder, como sí ocurre en África. A lo largo de 2021 se llevaron exitosamente cuatro golpes de estado más dos intentos fallidos y en lo que va de 2022, el reciente en Burkina Faso. 

Hasta tanto y en cuanto no profundicemos nuestros trabajos en los conceptos, en tal campo de la dinámica de lo político, no generará resultado alguno que se siga invirtiendo en armamentos, logísticas o soldados. Caso contrario, en la tentación de forcluir, de regresar a lo resolución más elemental y no por ello no humana, de nuestras naturales conflictividades, necesitaremos de espacios geográficos en donde las vacunas lleguen tarde, las enfermedades no se prevengan y los golpes de estado, no sólo estén a la vuelta de la esquina o a mano, sino para el resto de la llamada «comunidad internacional» se los silencie, ni siquiera con la cancelación, sino con la perversidad de la indiferencia o no trato. 

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La realidad paralela que sobre-escrituramos, sobre-escribimos, es la representación que nos hacemos del mundo, de la naturaleza, que no aceptamos, toleramos, ni soportamos tal cual es.

Queremos creer en trazos rectos, dentro de esa psicosis existencial que alumbramos mediante la abstracción, tenemos alteradas todas las facultades con las que podríamos estar en armonía y en plenitud de sentido, con nosotros y la cosa dada. Creemos ver llover recto, al viento soplar en esa ficcional geometría, al mar romper derecho, como desplazarse a cualquier otro ser de la naturaleza, siguiendo a pie juntillas una línea de puntos consuetudinaria y sempiterna.

Sin ningún lugar a dudas, sí existiese algún ser, no superior, sino con similar capacidad de raciocinio, vernos habitar el mundo tal como lo habitamos, nos observaría dentro de un psiquiátrico, por no decir un manicomio, con todo lo peyorativo que este significado se forjó a lo largo de la historia.

Privados de la razón, o al menos de esa vinculación no problemática, que nos haría mucho más armoniosa nuestra estancia en la tierra, con la posibilidad de que todos nuestros mundos, quepan en el mundo de lo colectivo o de lo humano, necesitamos creer que estamos libres y facultados para vivir la experiencia humana en la plenitud y extensividad de nuestro ser.

La huida que transformamos en representación, la no aceptación del mundo tal cual es, nos posibilita la construcción, el regreso, como alucinatorio, de lo ocluido, del rechazo excluyente; nos damos una forclusión, en la que habitamos, psicótica como plácidamente.

La forclusión se constituye en política, cuando a la representación ontológica o existencial en la que decidimos habitar, la volvemos  a representar, o la sobre-representamos, llamándonos ciudadanos y habilitados a elegir, a un séquito que nos gobierne, o que tome las decisiones colectivas.

Vendría a ser algo así como, no conformes con inventar las líneas rectas y sobreimprimirlas en la naturaleza, tatuárnosla en nuestra cognición, a lo trazado, construcciones, números, contabilidad y acumulación, lo hacemos aún más recto, más ficticio, más cerrado, mas monocorde, artificial, hipostasiado en su representación, forcluido, psicótico.

La resultante es la democracia, apocada, abrevada, anestesiada, aterida, que reacciona bajo estertores, regurgitando, sintomáticamente, a sus representantes (el circuito de la representatividad se cierra aquí, habiéndose iniciado con una representación ontológica, que luego sigue a una sobre-representación política y finaliza en los representantes que nos devuelve la representación, como sistema, construido) a los que cada cierto tiempo, los creemos más lejanos de lo que en verdad están de lo que somos.

En la sinrazón en la que decidimos soportar el arrojo a la existencia, no queremos dar cuenta de la no traducibilidad que tiene con el mundo que habitamos, cuando el sistema de representación (lo democrático) nos devuelve como gobernante (mediante voto además, mediante el uso de la supuesta libertad política que nos decimos dar) a quien exterioriza nuestras fauces más cínicas y siniestras.

No nos molesta tanto sabernos que habitamos en la alucinación, en la forclusión política. Lo que nos incomoda y genera displacer es dar cuenta, que todas las reimpresiones que le dimos a la naturaleza, todas las líneas rectas, trazadas y sobre trazadas, es decir hasta el sistema mismo que bajo nuestro invento matemático nos tendría que alcanzar a todos o al menos que no se visibilicen a aquellos a quienes no les alcanza o mediante quienes no tienen para que a otros les sobre, no son tan derechas, como las pensamos, sentimos e impusimos.


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Se quiebra la alucinación, por momentos, por interregnos de lucidez, nos interpelamos acerca de nuestra propia humanidad, y cada tanto, cuestionamos a los dictadores que ungimos para que nos hagan vivir en esa seguridad psicótica, para lo que incluso, perversamente, decimos actuar y por ende, hasta votar, democráticamente.

Jacques Lacan el introductor del término forclusión en el ámbito psicoanalítico, planteó la estructura de la psicosis como efecto de aquello, bajo el significante del Nombre del Padre. En nuestros términos, o reintroducción en el campo político, ese significante es lisa y llanamente las reglas de juego.

Sea para habitar más placenteramente nuestra alucinación, o para salir de ella (aporía que no está en cuestión aquí) no precisamos cambiar de representantes o encontrar modificaciones accesorias, lo que precisamos es el cambio, radical y conceptual de nuestro ser en el mundo, tanto ontológico como, por ende, político. Esto se logra con palabras, con discusiones, apreciaciones de lo terminológico, del verbo y el predicado, sobre el accionar desmadrado, el hacer alelado y violento de los hechos consumados, que terminan siempre en conflictividades violentas y violentadas por el uso de la fuerza y de su máxima instrumentalización las armas de destrucción, muerte o eliminación del otro, entendido a este como el sujeto con derecho a la palabra.