Nunca está de más repetir

Por Leonardo Pierucci

En “El gran debate”, la película dirigida y protagonizada por el maravilloso actor estadounidense Denzel Washington, el profesor Melvin Tolson anima a sus estudiantes a que formen grupos de intercambio y de esta manera, buscar argumentos serios sobre diversas temáticas y defenderlos. Tolson les inculca la lógica de abandonar la descalificación de la opinión del otro y les enseña que el camino correcto es primero recopilar la información, después abrazar la idea y, por último, construir la argumentación que la sostenga.

En Argentina, a 15 años del estreno de aquella película, la sociedad y en especial la clase política, han invertido el orden del paso uno y el paso dos del proceso, es decir, primero abrazan una idea prestada y acorde a sus pretextos cuasi ideológicos, después buscan información para sostener esa visión por equivocada que sea y el tercer eslabón, por ende, es débil y básico como todas las argumentaciones construidas más desde el capricho que del uso del conocimiento. Por si aún no lo advirtieron, a eso se le llama fanatismo militante.

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Es el camino del Boca/River, el debate donde nadie escucha al otro ni busca puntos en común para pensar soluciones al problema. En un partido donde se pateó solo dos veces al arco, el fanático del ganador cree haber visto el mejor encuentro de su vida.

Esta curiosa forma de “debatir” tuvo su momento épico allá por 2018 en épocas donde quienes estaban a favor del aborto hablaban de 500.000 interrupciones clandestinas por año y de cantidades siderales de mujeres pobres que pasaban su vida abortando una y otra vez. Nadie se ocupó de escuchar al otro sino de confrontarlo o descalificarlo y, cuatro años después, el resultado es una ley inconstitucional y con defectos técnicos llamativos. ¿Alguien ofrece hoy estadísticas acerca de cómo evolucionó aquella cifra risueña de los 500.000 abortos por año o de las mujeres pobres en riesgo de muerte? ¿Cuántos abortos legales ha habido desde la promulgación de la ley? ¿Se implementaron las políticas de prevención estipuladas en la ley anexa?. Nada. El objetivo era ganar la batalla y, una vez finalizada, empezar otra nueva? ¿Los mapuches? ¿Los humedales? ¿Cuál será el próximo escenario de nuevo River/Boca militante?

Uno, es estos casos, tiene la impresión de que al conceder un (llamémosle) derecho, el estado se desentiende para siempre de un problema que le es propio y sobre el cual debería conservar responsabilidades de gestión.

Respecto de la conveniencia o no de la repitencia escolar y la alteración de los formatos de cursada del nivel secundario, estamos asistiendo al peligroso (y a la vez inútil) inicio de otro debate puramente binario que no va a conducir a ninguna parte.

Cuando el sistema educativo detecta, a través de los indicadores de medición de aprendizaje, que un universo de alumnos no aprendió durante un ciclo lectivo, no puede iniciarse el profundo y necesario debate por la cuestión meramente operativa de si repiten o promueven de año igualmente.


Quienes quieren abolir la repitencia, como si fuese el problema central, se escandalizan con el “castigo” que se les impone a los que no aprendieron haciéndolos permanecer en el año en que fracasaron pero ninguno de ellos busca evidencias en relación a como continuó la trayectoria educativa de aquellos alumnos que, aun habiendo fracasado y aprendido poco y nada, el sistema decidió igualmente promoverlos de año. Este último universo de alumnos es aún muy superior en número a los que repiten anualmente, sin embargo, nadie se detiene en esos estudiantes como si el hecho de haberlos hecho pasar de año significara mágicamente que han incorporado lo que no pudieron aprender y que ya nadie tiene la obligación de ocuparse de ellos excepto sus familias que acaban de recibir el “regalo” de navidad de la promoción al año siguiente.


El gran debate no es repitencia si/no ni los cambios de formato de cursada ni menos aún todas estas ideas que solo apuntan a emprolijar las estadísticas sin mejorar los aprendizajes. Lo que debemos debatir es como generar dispositivos situados para el acompañamiento de las trayectorias escolares de esos alumnos que no han podido aprender, independientemente que estuvieren promovidos o les haya tocado recursar. Pensar, por ejemplo, en talleres a contraturno como espacios de recuperación de saberes, ya sea a través de encuentros sincrónicos o asincrónicos, desde la presencialidad o bien en la virtualidad que permitan a esos chicos continuar su trayectoria escolar con las mismas posibilidades que quienes sí pudieron aprender el año anterior.
Para ello, también es clave debatir la mejor utilización del enorme, exagerado y malgastado presupuesto educativo, conversar acerca de la necesidad de mayor (y más efectiva) capacitación docente y fomentar una articulación seria y eficaz con los estudios superiores y el mundo de trabajo.

Promover de año a los alumnos que no han podido incorporar conocimientos y habilidades y abandonarlos a su suerte hasta otorgarles la titulación del nivel secundario como si fuese un objetivo político más que pedagógico es, además de la mayor estafa que les podemos brindar, un acto de irresponsabilidad suprema. Es la mayor prueba de que en materia educativa el estado quiere estar definitivamente ausente y nos invita a todos a vendarnos los ojos y a prolongar esa dramática ausencia por generaciones.
En las escuelas públicas de la Provincia de Buenos Aires, la repitencia de grado o año se acabó hace rato, mucho antes de iniciado este debate. Pero los fracasos siguen mientras intentan involucrarnos en una polémica dicotómica que no va a resolver nada. Sin temor a equivocarnos, podríamos decir que en las aulas bonaerenses lo único que repiten hoy los alumnos es la comida.

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