Plus de goce electoral de “sacar la mayor cantidad de votos posibles”

Por Francisco Tomás González Cabañas

Si fuésemos tan democráticos como nos jactamos de ser, no necesitaríamos de elecciones para determinar las prioridades públicas, eligiendo a quienes las lleven a cabo, sea gobernandonos o representandonos. Sócrates en verdad fue el primer “sincericida” que terminó condenado a beber cicuta por verbalizar que gozábamos con nuestro no saber pero no lo suficientemente, de allí que buscáramos precisamente una actitud filosófica o del habla para tomar lo inasible. La historicidad construida dirá otra cosa cómo los filósofos que no ejercen con respecto a Sócrates y tantos otros, pero nuestro plus de goce, es precisamente el renunciamiento a contestarles. Debemos eso sí tratar de dejar en claro (uno de los tantos imposibles) este concepto lacaniano de “plus de goce”, asociado con la plusvalía de Marx y que anuda al psicoanálisis militante de praxis política con su “incomprensible” disputa con el capitalismo.   

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“El plus de gozar es función de la renuncia al goce por efecto del discurso. Eso es lo que da su lugar al objeto a” (Miller, Jacques-Alain, curso 26-4-06, Iluminaciones profanas. Inédito). La pérdida simbolizada podría bien corresponderle a lo que Lacan planteaba como “objeto a” y que ha sido es y será el núcleo de tantos seminarios, congresos y debates para quienes desoyen al propio autor francés que repetía “no me imiten, hagan como yo”.
La cuestión electoral lo que devela, lo que visibiliza es precisamente la falta, la pérdida, la carencia del poder del soberano, la transferencia (ficticia o imposible) del pueblo, masas o mayorías a sus gobernantes. La democracia como sistema entronizado de un tiempo a esta parte, actúa como “el objeto a” lacaniano, es el símbolo de lo perdido, de la reiteración de lo concreto de la imposibilidad.  

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Tal como lo refiere la cita al yerno de Lacan (como para comprender lo dificultoso que resulta siempre discernir las intromisiones producto del nepotismo en todo los campos, tanto del saber como del obrar) el plus de goce, es dado primero mediante una renuncia, para luego, cobrar tal rédito doblemente o en un grado exponencial (esto es lo que el jugador siente cuando hace una apuesta, pone algo de sí, es decir pierde, para ganar más, pero no consigue placer por la cantidad gana sino por el proceso o circuito de renuncia para una mayor satisfacción que reivindique esa pérdida primigenia).
El político, es decir el gobernante o el representante, dentro del sistema de pérdida o de imposibilidad que es lo democrático, hace su apuesta (por ello en tiempos electorales es llamado político y no por el cargo que ejerce) al despojarse de sus prerrogativas para poner a consideración (la mayoría de las veces) su continuidad o el pasar de un cargo a otro. Esas semanas que dura la campaña electoral o la elección es el renunciamiento a su vivir cotidiano, de allí que los veamos en estas instancias sobre todo, rodeados de pobres o de pobreza y marginalidad. El plus de goce se observa con mayor claridad, cuando se detecta que la gran mayoría no desea democráticamente que se determinen prioridades o que se ordenen las mismas a partir de votaciones. Lo que pretenden, es tan sólo ganar y sí lo pueden hacer aplastantemente, aún mejor. En las consideradas “democracias africanas” esto es una constante. Por lo general los líderes que ganan reelecciones en sus cargos lo hacen por mayorías tan contundentes que la desproporción del resultado habla a las claras de la desproporción de la competencia (es decir en el caso de existir oposiciones serias  o que aspiren a valores democráticos ciertos no debieran en tales condiciones presentarse) y de la desproporción entre los que gozan con ese plus y los gozados.
No son pocas las aldeas occidentales, sobre todo aquellas donde la formalidad no hace pie por no estar sólidamente constituidas en conceptos claros, donde se establecen medidas como “plus salarial” que son remuneraciones extras, que no ingresaran a la oficialidad del haber del trabajador, pero del que éste dispondrá hasta que dure la medida discrecional. Vendría a ser una suerte de dádiva oficial, reglada o normada. Algo semejante a lo que hasta el cansancio comenta Slavoj Žižek que le sucedió en un hotel en Macedonia. Al preguntar sí se podía fumar en la habitación le dijeron que estaba terminantemente prohibido por ley, pero que había ceniceros en los cuartos, al llegar al suyo, el cenicero tenía un dibujo impreso de prohibido fumar.   


La tarea socrática de los que nos seguimos dedicando a las palabras no es terminar condenados a la cicuta, dado que no es el público general al que debemos hablarles. Debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para que nuestras apreciaciones estén presentes en los pensamientos de nuestros gobernantes y representantes. Renunciar incluso a nuestros egos o vanidades, para dejar en claro que no importa la cantidad de lectores o seguidores que tengamos los que escribimos o pensamos, sino a quienes esta dirigido nuestro mensaje. No tenemos otro objetivo que no sea el principal de conjuntamente con los políticos, dar cuenta de estas trampas del sistema político en que nos hemos forjado y en las que caemos como sujetos carentes y necesitados.


Es determinante, aún incluso en tiempos electorales, que se entienda que no se necesita ganar por escándalo, aplastantemente o históricamente. No se puede dejar en evidencia que lo único que se pretenda desde las cimas de la política, sea ganar. Es una tarea de todos, que excede lo electoral, la construcción o reconstrucción de los valores democráticos, que fortalezcan las nociones de consenso, de convencimiento y de poner en su lugar al concepto como lo fundacional y que a partir del mismo se abstrae y generaliza mediante números para economizar la traducción simbólica.
La cantidad es la desustancialización de la calidad. Si bien guiarnos por la lógica de la cantidad puede resultar necesario no por ello será imprescindible, o excluyente de entender y comprender que necesitamos tanto una armonía o paridad en la interacción de ambas.
Ganar una elección o sacar la mayor cantidad de votos puede resultar el “plus de goce” de algún político determinado, pero no por ello se constituirá en un valor determinante ni esencial de lo democrático. Que el plus de goce de algunos intelectuales sea el competir con los políticos por acumular cantidades, en este caso de lectores o público, no debe ser óbice para que se nos invisibilice a los que, trabajamos hace tiempo y denodadamente, para acercar mediante la palabra, democráticamente, a representantes y representados, gobernantes y gobernados para ir tras la conformación de una comunidad que integralmente desande el destino que se forje y pretenda. 

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