Mañana puede ser demasiado tarde

Por Luis Pico

No hace falta tener a los militares en las calles, o actuando en las sombras, para disolver la República y sumir a la Argentina, una vez más, en el peor de los terrores. En tan solo año y medio, con la pandemia como excusa perfecta, la coalición que lidera Cristina Kirchner y secunda un Alberto Fernández cada vez más debilitado, el poder se concentra cada vez más en menos manos, las decisiones se toman vía decreto y los consensos apenas se toman en consideración.

Cristina avanza y no se frena - LA NACION
Gentileza de Diario La Nación

La gente sufre. Unos se enferman, otros pasan hambre, están sin trabajo. Los jóvenes y la mayoría de los chicos siguen sin poder ir a estudiar. Y miles ―grandes y chicos― lloran a sus muertos, por un virus maldito que ataca sin dar tegua.

Pero la prioridad para quienes gobiernan, y por ende tienen la misión de pasar a la acción, no están en sintonía con ninguna de las necesidades de quienes lo pasan mal: si hablan de inflación es para dejar de exportar carne; al desempleo lo atacan con cierres de comercios y a los más pobres ―para variar― tratan de idiotizarlos con supuestos planes sociales, que no harán más que empeorarles sus miserias.

Algún experto dirá que son inconscientes o estúpidos. No pareciera ser así. Por el contrario, cada vez aceleran más en la ruta de empobrecer al que todavía tiene algo, de igualar para abajo a los que están mermados, de arrasar con lo que aún funciona.

El gobierno, antes que el resto, conoce de la situación económica de la Argentina. Saben mejor que nadie que no hay dinero para financiar el planismo, ni para aumentarles a los jubilados. No hay para tapar el desastre. Y están al tanto de que su relato del “Estado presente” no se lo cree nadie, y de que el “esfuerzo” que hacen no es tal porque no producen absolutamente nada, ni dan incentivos a la gente para que se esfuerce, trabaje, estudie o progrese (asqueroso mérito).

¿De qué sirve tal clima de inestabilidad? Les funciona para que no se centre la atención en ellos mientras atacan a los magistrados de la Corte Suprema, o intentan una reforma al Ministerio Público Fiscal, o se saltan al Congreso a punta de decretos y leyes absurdas con los que el Presidente pueda contradecir a la Constitución misma, o pisotear derechos y libertades tan básicas como el poder circular por las calles o enviar a los chicos a la escuela para que en un futuro no muy lejano nadie pueda venir a versearlos con relatos baratos.

Bien es cierto que la pandemia está en su peor momento, pero también lo es que en la Argentina se robaron las vacunas, se saltaron la fila y no tuvieron ninguna vergüenza en montar vacunatorios VIP en el edificio desde el cual debían trazar los lineamientos para que eso no pasara.

Lo peor, lo más triste, es que la crisis sanitaria no es el final del camino sino parte de la travesía. Nos conducen sin freno hacia un país en el que puedan concentrar una cantidad de poder suficiente para luego no soltarlo, en el que la culpa siempre sea del otro y en el que criticar o exigir no sean parte del pensamiento cotidiano, ocupado en cosas más inmediatas como zafarse del fantasma de la pobreza. Sumida más de la mitad del país en ella, eso del rescate de las instituciones, el respeto a la Constitución o el salvaguardar las libertades puede quedar en un segundo plano, a merced de una cúpula que avanzará si no siente que la gente alza la voz frente a tantos atropellos a los que los someten en simultáneo.

Por suerte, todavía se está a tiempo de no ver a la República hecha escombros, pero mañana puede ser demasiado tarde.

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