Educación o barbarie

―Alto ahí. Documento y permiso de circulación, por favor. ¿A qué se dedica? ¿Por qué está en la calle a estas horas? La escena transcurre con un niño que toma de la mano a su madre mientras un arma larga apenas le guarda distancia de la cara, en medio de la oscuridad de la noche, que arropa al Puente Pueyrredón.

Por Luis Pico

Acaba de dar inicio un toque de queda. Militares se apresuran a cubrir los accesos que dividen a Capital Federal de la provincia de Buenos Aires. Más temprano tocó correr, pues mejor tomar el tren o el colectivo antes de que terminen de cerrar todo, escuelas incluidas.

El niño, en medio de todo este alboroto en el que nada tiene que ver, jamás olvidará ese momento en que con su mamá los pretendieron hacer caminar a la intemperie, como si fueran delincuentes o leprosos que habían logrado colarse entre la gente común de un colectivo con dirección a su casa.

Apenas si fue una más de las extrañas postales que a un chico le habrá tocado ver de 2020 a esta parte. Esa, más la de un padre que perdió el trabajo. O una madre que no pudo salir más por tener que quedarse a cuidarlo mientras improvisa como profesora, en ese intento de que el encierro no se convierta en claustrofobia, de que la soledad y la tristeza de extrañar a sus amigos no mute en depresión, ni de que la falta de una segunda computadora en casa, porque por suerte había una para trabajar, no derive en un muchacho que en un par de años no sabrá de Historia, o de ecuaciones o química porque lo alejaron indefinidamente de la escuela.

Con todo, si ese fuera su caso, tendría suerte si se lo compara con el que hallaba consuelo en la maestra que hacía de verdadera mamá porque mamá y papá no prestan atención en casa, o porque es allí donde consigue un plato de comida.

Independientemente de cuál sea el caso, a todos nos toca asistir al debate absurdo de si deberían o no abrirse las escuelas. Parece absurdo, pero es así: hay quienes cuestionan si los chicos merecen formarse, tener futuro, contar con herramientas para transformar la realidad de la Argentina dentro de unos pocos años que lucen lejanos pero están a la vuelta de la esquina.

Lo más paradójico es que hablan de pobreza pero no son pobres, hablan de hambre pero tienen la heladera llena, ningunean a la educación pero se dicen orgullosos de la escuela y la universidad pública.

Que se debata si ir o no ir a la escuela cuando debería ser obligatorio y prioritario, cuando debería ser lo primero en contar con protocolos y seguimiento, demuestra lo alejados que están algunos de la realidad. Se nota que hoy no pisan un aula, no abren un libro, no se gastan un peso en imprimir una guía digital ni se queman los ojos frente a una pantalla mientras el profesor hace el esfuerzo descomunal de trasladar a los alumnos al aula que se intenta montar en medio del living para intentar sacar algo de provecho a una cursada que hace un año está en terapia intensiva… bueno, no se puede esperar otra cosa del que larga militares a la calle y criminaliza que los niños jueguen a la pelota en una plaza o se sienten con sus docentes en un patio.   

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