Una democracia inacabada

La crisis más importante que puede tener es la continuidad de permanecer tal como está, enjaulada*

Por Emiliano Bursese**

Es en definitiva una democracia irracional que parece racional por la mera repetición de conceptos, que no entiende que la crisis más importante que puede tener es la continuidad de permanecer tal como está, enjaulada. La exigencia regenerativa de ella, que perdimos en algún momento, y que debemos volver a hacer propia, es condición para una democracia ininterrumpida (pero momentáneamente “acabada” y vuelta a empezar en objetivos una y otra vez), una democracia sin fin que, carente de modelos cerrados, corresponde inventar cada día.

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Fuente: Blog Universidad Pontificia Comillas de Ecuador

A la política, esa construcción de destino colectivo, también le pasa algo parecido, pero al revés: no se percibe indeterminada, inconclusa, inacabada, sino por el contrario, parece determinada y trazada de antemano en su rumbo. Es decir, se nos brinda tan acabada (e impuesta), que no nos permitiría hacer socialmente más nada con ella. Es la resignación del no hacer y de no asumir riesgos y decisiones, donde todo está escrito.

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Tres grandes desafíos nos presenta la democracia realmente existente en la Argentina: 1) La discrepancia entre la experiencia alcanzada y las expectativas sociales; 2) el sustento de su acción actual en una suerte de hegemonía de la resignación, y no en el consenso y la acción; y 3) la dicotomía entre la esperanza y la desesperanza que define la maximización e indeterminación del riesgo y del qué hacer.

En efecto, la exigencia regenerativa de la democracia que hablamos debe superar las miradas extremas (esta descrita hegemonía de la resignación en una grieta que nos mata y nos empobrece cada día). Tampoco debe realizar el diagnóstico celebratorio (nostálgico) de la misma ni, en el otro de los márgenes, contemplarla desde una lógica de insuficiencia (lógica condenatoria) que llega incluso a postular que la misma debiera ser desechada sin más, tanto en sus apariencias reaccionarias (de orden y rebeldía) como desde sus apariencias agitadoras o críticas (de vanguardia, siempre iluminada, y vuelta al pasado) que la observan como un obstáculo sistémico para el cumplimiento de sus transgredidas mandas y propuestas. Ambos lados del razonamiento, son falsos y lo único que logran en el fondo es legitimarse mutuamente. No pensarse a sí misma, y el conjunto, retroalimentan esa resignación. Con la paradoja de que el conservadurismo en el mundo ha descubierto un par de conceptos que parecían propios de la izquierda: la rebeldía y la objeción de conciencia y, a su vez, el progresismo defiende hoy día dos conceptos hasta ahora conservadores: defensa del statu quo (no volver atrás con las conquistas del Estado de Bienestar) y la coacción. La derecha es rebelde y la izquierda conservadora. Y tal vez eso explica algún vigor en los jóvenes, al revés de antaño.

Durante mucho tiempo la reflexión pública favoreció el status quo de la democracia realmente existente en la Argentina, persiguiendo más el reflejo de su crisis que las ganas de superarse, de ampliarse a sí misma. Entre la esperanza y la desesperanza, del no saber qué hacer, fue tomada (y aun hoy lo sigue siendo) como básicamente un sistema de ausencia de dictadura, el mero procedimiento formal de elecciones periódicas. Sin embargo, sabemos que la democracia no es sólo un procedimiento democrático básico (forma de gobierno) sino un modo de vida en construcción, proximidad, alcance y resultados, ya que es perfectamente entendible que la sola existencia (y persistencia) de dichos procedimientos democráticos no garantiza mejores resultados políticos, económicos y sociales. Hablamos de llevar la democracia hacia un lugar real y diferente que incorpore aspectos de todos esos extremos mencionados para hacerla más amplia, es decir, para imaginar una solución hacia adelante, un expediente que no recurra a marchas atrás en cuanto a los actores y el pensamiento, cronológica y conceptualmente hablando, más allá de los ropajes que revistan.

“Durante mucho tiempo la reflexión pública favoreció el status quo de la democracia realmente existente en la Argentina, persiguiendo más el reflejo de su crisis que las ganas de superarse.”

Ello por tres razones fundamentales que sabemos por la ciencia: 1) porque no existe una única razón ni teoría, existen razones y teorías, en plural; 2) porque tampoco es conveniente teorizar únicamente sobre el pasado, porque nos puede llevar a un recorte de realidad que no identifica las múltiples realidades sociales y las frustraciones acumuladas (es decir, la distancia que hay entre las expectativas socialmente construidas y los logros realmente alcanzados), llevando al pensamiento crítico muchas veces al pesimismo y a la parálisis del callejón sin salida; y 3) porque no nos permite salir del paradigma de autoorganización, aquel donde los agentes externos a la realidad estudiada (sea una cedula, un partido político o una comunidad) encuentran dentro de sí mismos las razones de su comportamiento y las pautas de su organización, invalidando la idea de linealidad y los conceptos de causalidad, para salir de los determinismos, mecanicismos, irreversibilidades, involuciones y ordenes, por sistemas más espontáneos, reversibles, creativos, desordenados en el buen sentido y que evolucionen constantemente.

No se trata de conservar ni recuperar el pasado (como pretende a veces esa izquierda cerrada), ni de negarlo sustituyéndolo por el mercado (como quiere la derecha sin humanismo), sino de articular dos tiempos simultáneos, el presente por un lado y lo que queremos guardar, edificar y desechar por el otro. Una mirada del tiempo que fue y recordamos, pero que contenga lo positivo de lo que debe asumirse como acción colectiva: una clara noción de lo que se quiere conservar, lo que se quiere desterrar y lo que se necesita construir. El presente con el futuro.

Si los argentinos no entendemos que los impulsos sociales deben funcionar como soluciones superadoras del momento anterior, lo único que lograremos será seguir legitimando mutuamente los opuestos (la famosa “grieta”), no permitiendo avanzar en observaciones que amplíen seriamente el sistema democrático, que lo lleven a otro plano, que salgan de la coartada de estancamiento en la que se halla hoy.

Lo contrario a todo ello parece ser los sentimientos colectivos de rechazo, y no de adhesión, con los que vienen dirigiéndose las acciones y decisiones políticas en la Argentina. Así podemos decir que en las últimas elecciones presidenciales (2015 y/o 2019) las decisiones fueron más de repulsión (a Cristina Fernández y/o a Mauricio Macri), que de adhesión, cual expresiones de un hartazgo social. Los propios dirigentes políticos en ambos casos y momentos puntuales, parecen no haber sabido comprenderlo. Y ello además en la expresión de un mundo social en el que los miedos, los fantasmas y las expectativas tiene un papel esencial respecto a los intereses materiales y políticos de los electores, vinculado al ciudadano narcisista y primario que prevalece en las redes sociales. Se actúa por la negativa y no por la positiva.

En líneas generales el Gobierno de Cristina Fernández no enamoraba. Su repulsión, no la adhesión a algo mejor, dirigieron la acción de la sociedad para volcarse a otro espacio político en 2015 (Cambiemos). El Gobierno de Cambiemos tampoco la hacía. Su repudio, no su adhesión, dirigieron nuevamente la acción de la sociedad para volcarse a otro Gobierno (Alberto Fernández) que se basa en la simplificación (y no complejizacion) de la realidad que hoy tenemos. La sociedad puede volver a creer en proyectos y adhesiones amplias. O puede volver a repudiar, esta vez, a quien sabe quién. Y precisamente aquí habitan los peligros (que incluso algunos alimentan). De que aparezcan actores, espacios o personajes que cabalguen sobre las fallas significativas en el sistema general de representación política. También las posibilidades.

Porque más allá que no nos parezcan aceptables las soluciones que proponen caricaturescos personajes televisivos, no significan que no actúen sobre los inconscientes colectivos, que no sean más certeros y vigorosos en diagnosticar mejor, en comprender el dolor creciente de los problemas sociales y en decirnos – simplificada/errónea pero muy eficazmente – quienes tienen la supuesta culpa de ellos (porque la culpa siempre es de otro). No basta con rasgarnos las vestiduras por haber colocado sus temas en la centralidad de la discusión política o traten de frustrar los fines de profundizar la misma. Debemos hacer algo. Debemos ensanchar las direcciones posibles, y no los peligros.

Tal vez sea esta nuestra última cortada colectiva para encontrarnos y encontrar soluciones el conjunto de los argentinos. En menor medida, no ya en lo general sino en lo particular del espacio de oposición en la argentina, tal vez sea la última justificación de Juntos por el Cambio (JXC) para generar un proyecto que convoque y enamore nuevamente a las mayorías (que no sea mera contradicción del oficialismo, es decir, que actué por la alternativa, y no por la oposición). Porque no es ganar una elección. Es, además, gobernar al conjunto de la sociedad. En ambas situaciones, una coartada para resignificar una nueva conciencia teórica y práctica que nos entienda y entienda a la democracia como algo que merece ser conquistado, todos los días, cada vez más. Que la haga rebelde y no conformista respecto de si misma. Que dedique mayores esfuerzos a las tareas que debe cumplir y no a ser complaciente con lo ya (o no) alcanzado en el pasado, característica de los últimos tres gobiernos argentinos. Es decir, que se recree en una razón que contribuya a consolidar una nueva hegemonía cultural que la entienda necesaria pero no suficiente, que la haga actuar en su faz de ampliación en la autoreproducción de su acción, no sólo en los periodos de crisis o de crecimiento, sino en cada momento, siempre, en constante profundización.

Por ello, asumiendo la imposibilidad actual que en Occidente (y en la Argentina, gracias a la exitosa transición democrática iniciada en los años 80 que ha calado en el “ser” de la sociedad nacional a través del proyecto alfonsinista) sea posible un Estado sin forma democrática (seria objetado socialmente) ni una democracia sin Estado (que con los índices sociales actuales parece dirigirse el país), comienzan a observarse impulsos sociales (inicialmente, de descontento, con variopintas variantes por izquierda y por derecha) que implican una reinvención de la democracia y del propio Estado, pero que se ejercen sin moldes definidos (y pueden determinar la balanza para un lado u otro, en forma positiva o negativa, como describimos ya). Aquí están los mayores riesgos, de que ese impulso social de descontento nos lleve a achicarla, reducirla o rebajarla, no a ampliarla, en derechos, participación y destinos colectivos.

Ante la sociedad de riesgo, de la incertidumbre o del cansancio, esa espera sin esperanza construye conservadurismo, porque las fórmulas de la democracia representativa de baja intensidad que tenemos han dejado abierta la puerta a una suerte de fascismo social, siguiendo a Santos, es decir, a sociedades formalmente democráticas pero socialmente fascistas que naturalizan la exclusión y la desigualdad, así como una enorme violencia abstracta y concreta que pone en cuestión la idea del contrato social sobre la que se articula la teoría liberal (el concepto roussoniano de denegación de la democracia si existen personas lo suficientemente pobres para venderse y otras lo suficientemente ricas para comprarlas, es decir, sociedades bajo relaciones sociales de tal modo desiguales que los grupos sociales dominantes adquieren un derecho de veto sobre la vida y las expectativas de ciudadanos y grupos sociales enteros). A la democracia participativa que imaginamos le corresponde alumbrar ese nuevo tiempo, y esta no puede basarse en una democracia que construya clientelismo (estatal, de mercado o del tipo que sea), sino ciudadanía, conceptos claramente incompatibles entre sí. Diseñar una democracia como un proceso de transformación de relaciones de poder desiguales en relaciones de autoridad cada vez más compartidas (las políticas de genero son muestra de ello).

En la Argentina y en muchos espacios políticos que la conforman, la resistencia parecer siempre terminar por superponerse a la alternativa. De tal modo, que la alternativa no pueda expresarse según su lógica propia (afirmación de lo nuevo) y, por el contrario, se somete a la lógica de la resistencia (la negación de lo viejo). Esto genera, como dice Santos en otro sentido, que nunca se transforme en una verdadera solución nueva, consolidada, creadora de una nueva hegemonía y, por eso, capaz de un desarrollo según una lógica interna de renovación.

Por supuesto que ello desborda claramente el marco limitado del Estado Nación en el que surgió la democracia moderna, de espacios de participación prohibitivos (acortados) y de legitimidades centralizadoras, para permitir la (re)construcción de las esferas participativas y públicas en caracteres descentralizadores y plurales. Y, al mismo tiempo y como mencionada Caminal en otro sentido al aquí seguido, será requisito para el establecimiento del reconocimiento, amparo y posibilidad de desarrollo de la democracia en los términos dados la “secularización” del demos, es decir, la circunstancia de que ninguna instancia o grupo hegemónico pueda apropiarse de las decisiones del proceso político, comunitario, de una coalición electoral (o de gobierno) o del Estado Nación determinado. Lo que nos lleva a la necesidad de acuerdos básicos (soluciones de compromiso para conformar y no contradecir intereses contrapuestos) en el espacio general del país y dentro de las propias coaliciones políticas.

Esas tensiones diversas para la estratégica cimentación de la ciudadanía pueden ser negativas o positivas. Por eso: 1) la urgente necesidad de salir del circulo mentiroso de nuestro destino (pasar de nuestras posiciones nostálgicas, celebratorias o fatalistas a posiciones realistas y críticamente edificantes – construidas en la verdad del presente –) y; 2) de abrirnos a un conocimiento que emancipe, que sea crítico, pero esperanzador, que identifique la dolencia (“saber”) para querer erradicarla, como primer paso para transformar y contagiar a la sociedad. Solo así podremos hacer democrática la democracia, es decir, podremos (re)construir comunidades políticas a partir de una pluralidad de demos, es decir, de la configuración de comunidades humanas apoyadas en un marco referencial de acuerdos básicos (compromisos) que vinculen procesos de racionalidad participativa y emancipadora, legitimidad social y ética de la solidaridad, por un lado, con voluntades legítimamente expresas por los ciudadanos en forma democrática e identitaria a fin de dar razón a las necesidades existenciales, materiales y culturales de sí mismos. De lo contrario, corremos el riesgo que la democracia – tal cual parece pasar – no sólo sea un lindo recuerdo, sino que incluso la expectativa de un recuerdo que nunca se concretizó.

Concluyendo, para los que entendemos que desde hace unos años la Argentina se halla entre falsos debates (izquierda o derecha, peronismo o antiperonismo, radicalismo o antiradicalismo, liberalismo o progresismo, etc., etc.); en realidad, qué hacemos para facilitarle a cada persona la construcción (lo más) libre, igualitaria y fraterna posible de su biografía, como dice Lafferriere, las opciones de llamado campo democrático – el campo en definitiva que ha de buscar ampliar la democracia y la acción política – terminan achicándose. Con las miradas puestas en todo lo dicho, desde hace un tiempo, el debate verdadero en la Argentina es el de construir clientelismo o construir ciudadanía. El de construir inmediatez o transformaciones que persistan, que nos continúen, en acuerdos políticos y posibles, básicos y urgentes. El de salir de lógicas facilistas y autodestructivas, y adentrarnos en lo que hay que hacer. Esta es en definitiva la última batalla de la política tal como la conocemos y la entendemos. Y por eso tienen futuro identidades y espacios que persistan en el camino emancipador y autónomo del ser humano, o lo que es igual, que resistan obtusamente en construir ciudadanía como motor de la emancipación social. Añoranza de lo que fuimos, y de lo que queremos ser, en clave actual.

Solo así, construyendo ciudadanía, en un tiempo nuevo, pero vigorizantemente regenerativo, que parta de un pesimismo esperanzador, pero que asuma una democracia mucho más amplia, que discuta a sí misma y que amplié cada vez más sus propios límites e intensidades, podremos acceder a un camino que salga de la resignación y la desesperanza, y se encamine a una transformación y radicalización de sus componentes libres, iguales y fraternos.

*Nota publicada el 19/2/2021 en Cronistas Latinoamericanos (https://cronistaslatinoamericanos.com/una-democracia-inacabada/)


**El autor es Abogado (UBA). Magister en Relaciones Internacionales (UBA). Realizó estudios de posgrado en Brasil y España. Docente de Derecho Internacional Público y Derecho de la Integración en la Facultad de Derecho (UBA) y la Universidad Abierta Interamericana (UAI).

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