En los tiempos de la hiperdemocracia

“Hoy asistimos al triunfo de una hiperdemocracia en que la masa actúa directamente sin ley, por medio de materiales presiones, imponiendo sus aspiraciones y sus gustos. Es falso interpretar las situaciones nuevas como si la masa se hubiese cansado de la política y encargarse a personas especiales su ejercicio. Todo lo contrario. Eso era lo que antes acontecía, eso era la democracia liberal. La masa presumía que, al fin y al cabo, con todos sus defectos y lacras, las minorías de los políticos entendían un poco más de los problemas públicos que ella. Ahora, en cambio, cree la masa que tiene derecho a imponer y dar vigor de ley a sus tópicos de café. Yo dudo que haya habido otras épocas de la historia en que la muchedumbre llegase a gobernar tan directamente como en nuestro tiempo. Por eso hablo de hiperdemocracia.” (Ortega y Gasset, J. “La rebelión de las masas”. Editorial Gredos. Madrid. 2012, .p 282).

Por Francisco Tomás González Cabañas

El principal síntoma de la grave enfermedad que afecta a nuestro “corpus social”, se manifiesta por intermedio de aglomeraciones (que en tiempos pandémicos se convierten “per se” en subversivas) de diversos sectores, que con toda razón y justicia, se autodenominan, se auto-perciben “pueblo” y que actúan demostrando en las calles, en los sitios, hoy sitiados, restringidos de lo público, que son tales, reivindicando postergaciones y olvidos de una democracia siempre en potencia, en expectativa, incumpliendo toda y cada una de sus promesas que la sostienen como sistema legítimo y legal, constituido e instituido. 

Las reacciones ante el fenómeno agravan aún más el mal o la dolencia colectiva. Desajustados en el diagnóstico, cada uno de los oficialismos gobernantes no tienen más herramientas que la de señalar, que cada una de esas manifestaciones, sólo buscan un fin práctico y determinado, de horadar la fortaleza política de quiénes deben administrar, con la facultad del monopolio de lo público, todos y cada uno de los reclamos que constituyen la entidad de lo real efectivo de lo común. 

Defeccionando en este compromiso obligatorio, tácito como irrestricto, la gravedad de lo que nos afecta, se multiplica, se reproduce, cuál virus pandémico, en los organismos institucionales que ven colapsar sus posibilidades de respuesta, ante el meta-problema que subyace detrás del coronavirus. 

En tal aldea occidental se manifiestan los grupos, facciones, que ven afectados sus derechos de identidad, al unísono, ocurre lo propio con otras secciones, diseccionadas, de esas masas, que pretenden tierras para habitar, mejoras salariales, rebaja de impuestos y todas las alternativas, imaginables y a imaginar que compensen el drástico cambio de escenario en que ha sometido la pandemia a los gobiernos, desde la concepción nodal de estos.

Si nuestros actores sociales, sean estos del sector que fueren, no dan cuenta, de que la cuestión principal, pasa por redefinir y repensar, la base y estructura mediante las cuáles se viene sosteniendo nuestra noción de estado, la política pasará a ser simplemente un mandato punitivo, cuando no, podría arribar a la tragedia de que imponga, por la fuerza, el imperio de una ley, que hace rato dejó de tener un sustento, un sustrato que invoque y con ello signifique, una redefinición, de “pueblo”, de mayoría, de masas. 

Así como los afectados por el virus, poseen en sus cuerpos la posibilidad de que les cueste respirar, el clima social que magistralmente describió Ortega y Gasset, como hiperdemocracia, se tornó una atmósfera irrespirable. 

Ya no alcanza con la respuesta electoral, lo cual no significa que prescindamos de ella. Estamos señalando, que es una vacuna que previene otros males, como podría ser el que evita el sarampión, pero en el ambiente público, circula una cepa del que aún no tenemos vacuna ni remedio. 

Por más que en cada una de las aldeas, se pretenda lo necesario como lo imposible, de apagar los incendios, creyendo que de esta manera lograremos estar mejor, lo cierto es que si no nos ponemos a trabajar en lo importante, corremos el severo riesgo de disgregarnos, en una disputa de fuerzas ciegas que nos lleven a la puja irracional entre facciones que se piensan, sienten y con razón, se pretenden “pueblo”.

Sí los que poseen mayores responsabilidades no advierten de la importancia de dar cuenta, de dar valor y de promover, la indispensable reorganización de nuestros preceptos esenciales que nos hacen parte de un estado, de ese todo, del que nadie cede para verlo en el otro o en los otros, entonces, seguiremos contando conflictos, verlos reproducir, y agravarse, mediante los medios de comunicación, que a diario nos dan cuenta, o nos cuentan, la cantidad de infectados, de internados, de muertos.

La agonía de la democracia nos exige y demanda que redefinamos la noción de masas, de pueblo, de la constitución de mayorías, de la expresividad de las mismas, y que no quedemos paralizados ante lo que pueda suceder con su transitar en el tiempo de la milenaria historia de la humano y sus formas y maneras de organizarnos. 

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