La soberanía alimentaria nos mató de hambre

Por Luis Pico

La primera vez que oí mencionar la frase “soberanía alimentaria” era un niño de apenas ocho o nueve años. Entonces no tenía ni idea de qué quería decir Hugo Chávez —omnipresente en la televisión y la radio— ni cuál era su objetivo.

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Lo cierto es que antes de aquello no faltaba comida en casa: ni el café, orgullo por tratarse de los mejores del mundo, ni el pollo, ni el cerdo, ni leche, quesos, manteca u otros lácteos. A ellos se sumaban legumbres como frijoles y lentejas, junto a verduras y frutas tropicales como guayaba, maracuyá, sandía, papaya, melón, tamarindo, mandarina o ananá. ¿La carne? En cualquier carnicería o supermercado se la podía comprar, y era la excusa perfecta para juntarse un fin de semana para comer parrilla, eso que aquí llamamos asado. Todo se producía en Venezuela, que comía gracias a su tierra.

La excepción, desde luego, eran las peras y las manzanas, imposibles de cultivar en un clima tan caluroso. Y sin embargo abuelo, un inmigrante que huyó del hambre y la guerra en España, siempre tenía en casa y me daba alguna cuando lo visitaba.

“Aquí hay una revolución agraria, socialista. Y para eso está el gobierno: vamos a producir más alimento, para eso hay que tomar la tierras, con la Constitución en la mano, y ponerlas a producir”, prometió Chávez en 2010, en pleno apogeo de los precios del petróleo, cercanos a los 100 dólares cada barril.

agroisleña

¿Cuál fue su brillante iniciativa? Expropiar Agroisleña, una empresa fundada por migrantes españoles a mediados de la década de 1950, que comenzaron vendiendo semillas de cebollas y que a la llegada del chavismo al poder eran la principal productora de semillas del país, con sucursales en casi todos los estados (provincias) y convenios con miles de trabajadores del campo.

Ver Vídeo sobre expropiación a Agroisleña

“Ha llegado el momento para organizar un salto en la producción agroalinentaria en Venezuela, convertirla en una potencia. El ministerio de Alimentación es el responsable de la soberanía alimentaria”, insistía Chávez en 2011, cuando cambió el nombre de la empresa, que pasó de llamarse Agroisleña a Gran Misión AgroVenezuela, en un traspaso por el cual, por cierto, nunca se indemnizó a los propietarios españoles. De ahí, entre otros casos, a que se hiciera famosa la frase “expropiar es robar”.

A comer de la basura

Caminar por la calle con una barra de pan se volvió algo peligroso. Cuando llevas algo tan apetecible a simple vista para alguien que excava entre las bolsas de la basura para ver si logra llevarse algún resto a la boca, las tentaciones de un arrebato se vuelven considerablemente altas.

La primera vez puede parecerte extraño. Pero el tiempo, implacable, transforma tu asombro en rutina, de modo que lo que alguna vez ni siquiera se te había pasado por la cabeza, no te inmuta. No porque no te importe sino porque no puedes hacer nada, ya que tampoco sabes si la semana que viene o en un par de meses haces tu primera excursión entre lo que otro desechó.

—Te noto algo más flaco ¿Te sientes bien? ¿Todo en orden en casa?

—Ahí vamos, no estoy haciendo ejercicio, es solo la “dieta de Maduro”, hermano, lo que me tiene así.

—¿Cómo así? ¿A qué te refieres?

—Bueno, en casa hace rato que no probamos un bocado de carne. A punta de arepa, fideos y alguna sopa nos vamos aguantando. Pero eso del pollito en el almuerzo ahora es para la gente de real (guita), si hasta es un lujo comer arroz con huevo o lentejas, así estamos…

La conversación, que la tuve con varios familiares y amigos cercanos, pasó a ser, junto con la hiperinflación y los precios que se duplican y triplican literalmente con cada día que pasa, en el tema de sobremesa de la gente.

Abuelo, que pasó hambre durante la guerra, por suerte no revivió esas experiencias: murió en 2001, antes del desastre. Abuela, que vivió hasta 2016, solía decir que ni en España había visto semejantes desmanes, con todo y una guerra declarada.

Al mediodía, sentado con compañeros/amigos del trabajo, la vianda de cada uno era una fotografía de la heladera/alacena: suertudo quien tuviera un trozo de carne o pollo; afortunado el que comiera fideos con lentejas; desdichado el que tuviera puro arroz, que aunque algo le convidábamos, volvería a sentir hambre a la noche, y quién sabe si tendría con qué engañar al estómago para detenerle los crujidos.

—Y mira que uno todavía tiene algo, dentro de todo es afortunado, que más de uno de los que buscan en la basura son gente igual que uno, con casa y trabajo, pero sin plata para comprar, o sin ingenio para conseguir.

Y en eso tenía razón: carnicerías sin carne, panaderías sin pan, pescaderías en cifras ilegibles por la cantidad de ceros (10.00.000 el kilo).

—Son tan arrechos (bárbaros) que ahora todos somos millonarios: todo cuesta millones, es increíble —solíamos decir, medio en broma, medio en serio, entre la risa y el llanto, durante las charlas a media tarde en el diario, cuando nos dábamos “el lujo” de comprar café y azúcar entre todos para “consentirnos”.

E insisto: éramos dichosos en comparación con muchos, que percibían prohibitivo comprarse un maple de huevos o un kilo de papas para una o dos semanas. Si hasta el café y la arepa se hicieron atípicos —imagínense sin mate ni empanadas— en medio de lo que se supone era, según la televisión oficial, un paraíso terrenal, una potencia económica, un país sin hambre, con soberanía alimentaria pese a la “guerra económica” de Estados Unidos, Colombia, España, la poca prensa independiente, la oposición, los empresarios, o lo que es lo mismo: la burguesía rancia, en la que nos incluían pese a estar, perdonen la frase, cagándonos de hambre en un auténtico infierno.

“Argentina no es Venezuela”

vicentin¿Aludido? Con esto no pretendo acusar al presidente Alberto Fernández ni a su partido de hacer pasar hambre a los argentinos por la “intervención” de Vicentín. Ni quiero, tampoco, hacer un paralelismo entre Venezuela y la Argentina, cosa que me parecería harto odiosa. Solo quiero contar mi experiencia con la “soberanía alimentaria” y describir, por tanto, lo nefasta que me resultó. Y aprovecho, entonces, para preguntarme una vez más por qué el granero del mundo querría copiar un eslogan tan miserable. Y para advertir, eso sí, que allá no tomaron todo de un solo golpe sino que fueron poco a poco, hasta que un día, casi sin darte cuenta, notaste que era demasiado tarde, que los poderosos nunca pasaron hambre, pero que a esos a los que prometieron llenarles la panza solo les vaciaron el estómago, los hicieron bajar de peso, los convirtieron en zombis. Ojalá este no sea otro caso.

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