La democracia como voluntad y representación

 Por Francisco Tomás González Cabañas

Bajo los conceptos presentados por Arthur Schopenhauer en su obra insignia (El mundo como voluntad y representación) donde se plantean dos aspectos, muchas veces encontrados y adversados, de la estructura y su dinámica en la que está organizado el poder político y sus implicancias en la sociedad, nos permitiremos la alegoría a los efectos de posibilitar un análisis liminar y actual de lo democrático en cuanto tal.

voluntad y democraca

La representación, como acto, como hecho, como acontecimiento nodal, basal y fundamental de lo democrático, no es más ni menos que la relación entre un sujeto observante y un objeto a observar, entre un individuo en acto (que en potencia se hace múltiple) que atribuye sus nociones a una generalidad, que nunca será en términos absolutos para ella misma, dado que la “cosa” observada, no existe para sí, sino como fenómeno representado. La política, por tanto, no puede dimensionarse de otra manera, que no sea, a través, mediante o por, su propia representación. Desde hace unos años, la forma, la manera, el mecanismo o el sistema, más replicado (automatizado como una viralización) es la que se ejercita en condiciones llamadas o definidas como democráticas, acendrada esta misma en una estructura electoral o de elección, que mediante dinámicas que varían muy poco (los subtipos, subsistemas o métodos electorales) determinan sus resultados o resultantes, cada cierto período de tiempo (por lo general cada dos años se vota, optando entre los que se aceptan que se propongan). Esta es la democracia de la representación, la teórica, la normativa, la del deber ser, la de las campañas electorales, la de las plataformas de los partidos políticos y la de los discursos de todos y cada uno de los candidatos, candidatas y candidates (estos sí, que en este período no discriminan a nadie, ni excluyen por casualidad).

Una vez cumplida, esta etapa, esta fase, este nivel, asoma con una contundencia creciente, la democracia de la voluntad. Trátese del circuito, del escenario, que se conforma gracias y mediante, la democracia de la representación. Es decir, el votado, en su cargo, cabalgando en la monta cedida por el votante, en uso de las atribuciones concedidas por el firmante del pacto, acuerdo o contrato social, posee fusta en mano, el manojo de decisiones y de resoluciones, que están sujetas a su disposición hacia, su determinación, y afirmación o en su defecto negación a tal o cual propuesta, proyecto, solicitud o requerimiento. Desde ya, que encontrará en el dominio de su propia voluntad, condicionantes y demás aspectos que pondrán en tensión lo que resuelva, pero nunca dejará de ser solamente un aspecto parcial y secundario. El votado decide, el votante queda acotado en su posibilidad volitiva, en su campo de acción, dado que lo que pueda hacer o dejar de hacer, lo hará en su calidad de ciudadano, sin que medie ninguna atribución que pueda corresponderle desde el estado, que estará administrado, manejado y gobernado por quién voto.

Como una suerte de consuelo, se indica que la conformación, institucional, republicana y democrática, se instaura desde los tres poderes, qué en su interrelación, se friccionan entre sí para generar el lícito juego de contrapesos.

Sin embargo, sí se hiciese en una sola aldea, o en todas y cada unas, de un determinado tiempo a esta parte, una sencilla investigación que determine la composición de los tres poderes de un estado específico, se verá que los vínculos familiares, amistosos y de intereses comprobables, entre los que forman parte de tal sistema de poder, son un enclave, una facción, una clase o claqué que gobierna, representa, administra y decide por sobre los múltiples y dispersados que en nombre de tal representación, ven mutilada la voluntad política de sus actuaciones (marginados a la posibilidad de hacer protestas y manifestaciones de queja, en el caso de que puedan sortear las tantas complicaciones que les sobrevendrán para llevar a cabo semejante pretensión) y por tanto el fenómeno democrático o la cuestión democrática, pasa a ser en definitiva, el fenómeno de representación mediante el cuál se legítima que una facción tenga el derecho volitivo, la voluntad de decidir, a costa o por sobre, el conjunto o resto (siempre mayoritario a comparación de los selectos quiénes deciden, de aquí que posean, desde su naturaleza y conformación una situación de privilegio).

En situaciones extremas o poco comunes, tal como nos toca observar, mediante la irrupción de la pandemia, no es casual que todos y cada uno de los gobiernos (la pandemia política, que contagia y desparrama luego de las experiencias de facto, democraticidad) dejen librado a los gobernantes, la decisión de como administrar el encierro ciudadano, la cuarentena, el confinamiento (bajo las formas legalistas o leguleyas de estado de excepción, de urgencia o emergencia) o el cercenamiento de las libertades.

Salvo la honrosa excepción sueca (y seguramente de algunos pocos países más) que confirman esta terrible y temible regla, hombres y mujeres encaramados en el poder, en la democracia de la representación y la voluntad, determinaron que el bien jurídico mayor (por sobre todas y cada una de las libertades, garantizadas en la declaración de los derechos humanos) era darle guerra o batalla (en estos conceptos desfilaron las lenguas de los primeros mandatarios para expresar públicamente que lideraban un combate contra “un enemigo invisible”), a un virus tanto real como espectral o fantasmal. Así como la Covid 19, se replica dentro del organismo, peligrosamente para grupos de riesgo hasta pudiendo evitar que sigan respirando, los corpus del poder, replicaron lo real del virus, creando su instancia espectral, sea como posibilidad (enfermar por el miedo a enfermar) o como instrumento (repitiendo y alentando la repetición de los muertos y las imágenes dantescas) para precisamente, gobernar con menos peligros o miedos (que una crisis sanitaria genere resquemores civiles o aliente asonadas) o directamente bajo el sometimiento que produce y genera el pánico y el miedo en la población civil.

Ergo, los que no enfermamos o enfermaremos por la acción del virus, estamos enfermos o enfermaremos, por el terror, sea proyectado o especulado, que nos inocularon en cantidades industriales, los sendos gobiernos, de las democracias de la representación y de la voluntad.

No sería para nada casual, que los que están al mando, nos garanticen que podamos volver (es decir que nos devolverán nuestros derechos confinados) a la normalidad, en tanto y en cuanto, o los volvamos a elegir o prorroguemos, al menos por un mandato, y sin elecciones o con una elección tácita y virtual, sus poderes al mando, con el argumento de que de esta manera, evitaremos aglomeraciones, amuchamientos, y por supuesto, la ciencia, financiada por ellos, en tal tiempo y en tal entonces, nos vacune y nos prevenga del virus que hoy nos somete, a que creamos a ciegas, encerrados y en todo momento, a los privilegiados, a los que señalamos muchas veces como los responsables de la suma de todos los miedos que da siempre como resultado, que sean los que mandan, y nosotros, apenas con mínima capacidad de queja, los que obedecemos. Esta enfermedad no tiene origen viral ni bacterial, es cultural, tampoco tiene cura, prevención o remedio, mucho menos tratamiento, apenas diagnóstico y está en tu decisión que lo descartes o lo des por cierto.

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