La enorme huella de Alfonsín en el Nunca Más y el Juicio a las Juntas

Por Nicolás Cereijo

Todos los 24 de marzo representan una jornada para reflexionar y no descansar por el feriado. Al menos así podremos ser más y mejores autocríticos. El golpe del 76 fue una mancha más de una sucesiva serie de gobiernos cívico-militares que pisotearon a la democracia, pero NO la pudieron vencer.

Ahora bien, ¿es solo el golpe de 1976? Claramente no. Soy de los que creen que la represión feroz fue ejercida con crueldad ya con el nefasto gobierno de Isabelita bajo la atenta coordinación del siniestro López Rega. Ellos se encargaron de exterminar a los principales cuadros guerrilleros y ejercieron una violencia sistemática – bajo la Triple A – de persecución a toda forma de pensamiento crítico considerada como comunista. Nótese el nivel de ignorancia de estos personajes perversos.

Muchos autores sostienen que para 1976 los principales movimientos guerrilleros estaban bastante debilitados. Por eso es que la última dictadura, como cualquier dictadura, es una atrocidad. No solo hicieron desaparecer personas sino que intentaron hacer desaparecer de cuajo al pensamiento crítico. En esto, la línea iniciada por Onganía en la triste Noche de los Lápices, que significará el comienzo de la guerra a la cultura y a la educación. La barbarie misma expresada en la quema de bibliotecas. Vale decir que prohibir la actividad partidaria también es un hecho catastrófico.

En el caso de la violencia política es un tema particular. Si bien en los tiempos actuales cuesta entender, este procedimiento fue propio desde el inicio de nuestro territorio. Justamente tenemos próceres que fueron triunfantes con la lucha armada. Los principales partidos políticos argentinos tuvieron su momento de apuesta a la violencia política. La UCR lo hizo desde su constitución hasta el gobierno de Yrigoyen, y luego del golpe de estado de 1930 también la empleó. El peronismo lo hizo fuertemente durante la Resistencia. Es por eso que condenar a la violencia política, como instrumento de toma de poder es anacrónico, más allá si se está de acuerdo o no.

Pero sí lo repudiable es la violencia institucional ejercida desde el aparato del Estado, por el simple hecho de violar las condiciones básicas del estado de derecho. Por eso es que, nos guste o no el gobierno de turno, la democracia sigue siendo el mejor de todos los regímenes, al menos de los que conocimos hasta la actualidad.

Pero qué pasó con el retorno de la democracia. Esta parte, así como los años trágicos del gobierno de Isabelita, suelen ponerse menos sobre el tapete. Argentina sigue siendo el único país en el mundo en hacerle Juicio a los dictadores. Y eso, señoras y señores, tuvo mucho gracias a la semilla plantada por el Dr. Raúl Alfonsín en su ambiciosa política de Derechos Humanos. Muy valiosa porque se trataban de tiempos donde la democracia pendía de un hilo. Y eso es lo que lo hace más grande a Don Raúl. Se formó la CONADEP, convocando a diversas intelectuales y referentes de la cultura, y entro todos ellos fueron recolectando los duros testimonios de los detenidos durante el proceso y así se publicó Nunca Más. Luego se llevó adelante el Juicio a las Juntas y en el año 1987, en Semana Santa, se derrotó al intento de golpista de un sector del ejército.

Todos los hechos sociales tienen un mito de origen, los cuales generan una identidad tan fuerte que cuesta resquebrajar. Luego hay sectores que se encargan de alimentarlo hasta que parezca la única verdad. Por eso quizá sea difícil entender que en la campaña presidencial de 1983, Alfonsín de la UCR se enfrentó al candidato del PJ Ítalo Lúder, cuya consigna de campaña era la amnistía a las dictadores y toda la cúpula del gobierno de facto.  Sí, AMNISTÍA. Por eso destaco la mirada de ciertos historiadores que buscan analizar un fenómeno tan reciente y complejo, despojado de prejuicios hirientes que la situación genera. Esta es una buena manera de permitirnos pensar el pasado, no como bajada de línea sino reconociendo que este hecho sucedió y que se explica con componentes y hechos sociales que a veces se quieren tapar.

Más allá de esto, sí afirmo con extremada agudeza NUNCA MÁS a ninguna interrupción de la democracia; NUNCA MÁS a la violación sistemática de Derechos Humanos.

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